martes, 13 de diciembre de 2011

¿ De regreso al Terciario ?

Desde que la comunidad científica tomara consciencia del problema del calentamiento global del planeta, se han dedicado muchos esfuerzos y medios para intentar predecir el anunciado aumento de las temperaturas causado por el incremento de la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera. No pretendo, en este pequeño artículo, repetir lo que ya sabemos al respecto, sino más bien examinar muy brevemente algunas consecuencias que pudiera tener en nuestro país ese aumento de las temperaturas.

Los climatólogos han desarrollado modelos complejos para intentar calcular, con un margen de error aceptable, la evolución de las temperaturas en el futuro, intentando para ello tener en cuenta todas las posibles causas del aumento observado durante el pasado siglo y el presente. Por muy complejos que sean, todos estos modelos no han hecho más que corroborar lo que Svante Arrhenius ya afirmó y calculó a principios del siglo XX: el aumento de la cantidad de CO2 en la atmósfera tendrá como consecuencia un aumento de la temperatura global del planeta. La temperatura media global está directamente relacionada con la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera. No existe en la actualidad ningún otro proceso físico o químico capaz de explicar la evolución actual de las temperaturas. Por mucho que importantes grupos de opinión se dediquen a sembrar dudas, difícilmente se puede negar un efecto que es una consecuencia obligatoria de las leyes de la Física (el efecto invernadero no es ninguna teoría descabellada y ha sido demostrado experimentalmente hace mucho tiempo).





Evolución de la temperatura media del mes más frío en el NW de Alemania (Utescher T. et al. (2000) / Terrestrial Climate Evolution in Northwest Germany Over the Last 25 Million Years. /PALAIOS, Vol. 15(5), pp. 430-449)



Aceptemos pues la idea que las temperaturas van a seguir subiendo y que lo harán al mismo ritmo que seguimos consumiendo los hidrocarburos fósiles. Nada, de momento, apunta a que la Humanidad vaya a dejar de consumir carbón, petróleo o gas. Ni tan siquiera parece que el ritmo de consumo vaya a decrecer, muy al contrario. En todo caso, mientras las reservas aguanten. De seguir creciendo la cantidad de CO2 en la atmósfera al mismo ritmo que lo hace actualmente, todo apunta a que la temperatura global a finales de este siglo será unos 6 ºC superior a la actual. Las consecuencias de un aumento tan importante serán catastróficas en muchas regiones del planeta. Sin querer pecar de alarmista, lo cierto es que ese aumento acarreará importantes cambios en los ecosistemas del planeta y, por consiguiente, en las sociedades humanas que, a pesar de lo que podemos pensar al amparo de la comodidad en la que vivimos, dependen al 100% de una naturaleza que bien podría venir a recordarnos quien manda aquí. ¿ Qué significa un aumento de 6 ºC ? Para hacerse una pequeña idea de ello, basta con recordar que la temperatura atmosférica decrece más o menos unos 0,6 ºC cuando se sube 100 m en altitud. Un aumento de 6 ºC de la temperatura media supondría pues que a finales del siglo XXI, habrá que subir 1000 m para vivir en las mismas condiciones que ahora. O sea, que la temperatura media de Ávila será equivalente a la que tiene hoy... ¡ Badajoz !

¿ Qué nos espera pues a finales del siglo XXI ? ¿ Cambiarán mucho nuestros paisajes, nuestra vegetación ? La respuesta a tales preguntas tal vez no haya que buscarlas en el corazón de silicio de los superordenadores sino más bien bajo nuestro pies, aguardando entre las páginas del gran libro de historia que constituyen los sedimentos depositados en la superficie del planeta. La primera pregunta que cabe hacerse es desde cuándo la tierra no ha estado sometida a tales condiciones. La respuesta nos la dan las curvas de evolución de las temperaturas establecidas a partir de los isótopos: un aumento de 6 ºC de la temperatura media anual nos retrotraería... ¡ a finales del Terciario ! O sea, para que quede más claro, a una era anterior al desencadenamiento de las glaciaciones. ¿ Qué sabemos pues del clima de aquella época ? ¿ Cómo era nuestro país en aquella época ? Aunque los procesos evolutivos no han dejado de actuar desde aquél entonces, el mundo no ha cambiado tanto como pudiera parecer. Los continentes estaban dispuestos más o menos de la misma manera y la flora de aquél entonces estaba constituida por los mismos géneros que conocemos actualmente. No parece descabellado, por lo tanto, pensar que el estudio de las paleofloras pudiera darnos pistas interesantes sobre cómo debería evolucionar la vegetación de nuestro país y de nuestro continente en el futuro. ¿ Qué sabemos, pues, de la flora europea (y española) de finales del Terciario ? 





Los climas sobre la tierra en el Mioceno. Plate tectonic maps and Continental drift animations by C. R. Scotese, PALEOMAP Project (www.scotese.com).



Tal como es el caso en la actualidad, existía a finales del Terciario una serie de grandes biomas que se parecían bastante a los actuales pero que alcanzaban entonces unas latitudes muchísmo más septentrionales:

Bosque boreal de coníferas

Cubriendo las islas del Atlántico norte (Spitzberg), el norte de Groenlandia y las islas más septentrionales de Canadá se extendía el bosque boreal de coníferas, constituido por los mismos géneros que en la actualidad y otros que hoy en día presentan un caracter relictual pero que tenían en aquel entonces una distribución circumboreal (Glyptrostrobus).

Bosques mixtos y caducifolios

Más al sur se extendían los bosques mixtos y caducifolios, tan característicos actualmente de toda Europa central. Estos bosques se extendían más o menos desde el sur de Escandinavia hasta el extremo norte de esa península y cubrían toda la zona ártica de Norte América, el sur de Gronelandia y todo el N de Siberia. Dominaban ese bioma géneros como los hayas y los arces.

Bosques lauroides

Más al sur se extendía una vegetación que no tiene equivalente en la Europa de hoy en día. Se trataba de bosques propios de climas templados cálidos y húmedos en los que a géneros aún representados en la flora europea (QuercusTiliaCastanea), se añadían toda una serie de taxones hoy en día tan solo presentes en América o en Asia, muchos de ellos perennifolios y propios de un tipo de bosque que tan solo se mantuvo, más cerca de nosotros, en algunas islas del Atlántico (laurisilvas de las Canarias y de Madeira).

Estepas

En muchos puntos del S de Europa (centro de la Península Ibérica y Grecia), las condiciones hídricas eran mucho más desfavorables y la vegetación presentaba allá un carácter estépico, dominando en el disperso estrato arbóreo especies micrófilas adapatadas a la sequía.

Zonas húmedas

Las zonas húmedas del continente europeo presentaban en aquél entonces un aspecto muy diferente del actual, dominando en ellas el ciprés de los pantanos...




Rama fósil de Taxodium dubium (Alemania), un ciprés que tenía en el Mioceno una extensísima área distribución en el Hemisferio Norte / Amaltheus / Licencia: Creative Commons



¿ Nos permite esta brevísima y resumida descripción de la vegetación europea a finales del terciario sacar alguna conclusión acerca de la futura evolución de nuestros ecosistemas ? Aunque sea un poco arriesgado hacer cualquier tipo de predicción, me parece sin embargo que entre lo que nos dicen los modelos de los climatólogos y lo que sabemos del pasado podemos, con un poco de sentido común, intuir algunos cambios:

1.- El piso termomediterráneo, que actualmente se extiende por la franja costera del S y el SE de la Península Ibérica, debería pasar a ocupar una parte mucho más amplia del territorio y adentrarse en el centro de la Península por ambas mesetas. Es muy probable, además, que la aridez sea mucho más marcada en ambas mesetas, favoreciendo el desarrollo de un tipo de vegetación mucho más abierto (estepario).

2.- El piso inframediterráneo, escasamente representado en algunos puntos del SE de la Península, debería sustituir al piso termomediterráneo en el litoral mediterráneo, con la consiguiente entrada de elementos norteafricanos y tropicales (siempre y cuando consigan llegar a la Península).



Cambios en los pisos bioclimáticos (termotipos) en la Península Ibérica a lo largo del siglo XXI, suponiendo que alcanzaremos una concentración de CO2 en la atmósfera de 850 ppm el año 2100 (Moreno J.M.. (2006) / Evaluación preliminar de los impactos en España por efecto del cambio climático / Boletín CF+S (Ciudades para un Futuro más Sostenible), Vol. 38/39.)



3.- En buena parte de nuestras sierras, el piso oromediterráneo debería reducirse considerablemente (o desaparecer), llevando muchísimas especies endémicas y relictuales al borde de la extinción. En su lugar crecerán pinos y melojos. En muchas de esas sierras, puede incluso que veamos crecer encinas en su cima...

4.- En la Cornisa Cantábrica y buena parte del litoral de Portugal es bastante probable que las precipitaciones se mantengan. Esto significa que con 6ºC más, las condiciones medioambientales favorecerán un tipo de vegetación actualmente poco o nada representado en la Península Ibérica. Asistiremos a una expansión del reducidísimo piso infratemperado y especies como el loro (Prunus lusitanica), el laurel (Laurus nobilis) o el quejigo andaluz (Quercus canariensis), por poner algunos ejemplos llamativos, deberían ver su área de distribución aumentar considerablemente. Estas regiones serían, a la fuerza, mucho más atractivas para un sinfín de especies exóticas mejor adaptadas a las nuevas condiciones medioambientales. No hemos de olvidarnos que la inmensa mayoría de los géneros que crecían en los bosques terciarios desaparecieron de Europa a consecuencia de las glaciaciones. Su vuelta no sería pues, una sorpresa, por mucho que sea el hombre responsable de su "reintroducción". ¿ Serán consideradas plantas invasoras y sistemáticamente eliminadas ? Es evidente que los cambios en curso nos obligarán (y nos obligan ya) a replantearnos nuestra política medioambiental.



Distribución potencial del quejigo andaluz (Quercus canariensis) en el horizonte 2100 (Felicísimo, Á.M.; Muñoz, J.; Villalba, C.J.; Mateo, R.G. (2010) / Impactos, vulnerabilidad y adaptación al cambio climático de la flora española. / Universidad de Extremadura, Real Jardín Botánico (CSIC), Oficina Española de Cambio Climático. / Licencia: Creative Commons).



Estos son, creo yo, los cambios más previsibles que se han de esperar. Hablar de regreso al Terciario es, claro está, una provocación de mi parte pero no deja de ser cierto que tras una relativa estabilidad de varios milenios, el importante cambio climático que se espera bien podría justificar la idea que estamos entrando en una nueva era (el Antropoceno) que los futuros paleontólogos no tendrán muchas dificultades en identificar, tan importante es el impacto que estamos teniendo sobre los ecosistemas de este planeta, en el que el hombre es prácticamente ya el último gran mamífero que no se encuentra en peligro de extinción... ¡ Por ahora !

martes, 15 de marzo de 2011

La persecución del castor en España




Hace unos años apareció en los periódicos nacionales una noticia que llamó poderosamente mi atención: se habían observado castores en el Ebro y en alguno de sus afluentes pero la consejería de Medio Ambiente ya tenía planeada su eliminación, por considerar que ese animal era una especie invasora introducida ilegalmente, sin que ningún estudio previo determinara la viabilidad de tal proyecto...

Estando esta población en plena expansión desde que se detectó su presencia, parece obvio que esa especie ha encontrado a este lado de los Pirineos unas condiciones de vida favorables y no parece necesario, por lo tanto, que ningún científico venga a refrendar algo que salta a la vista. Lo que pudiera parecer una buena noticia, sin embargo, a algunos les pareció una auténtica pesadilla. Tanto las autoridades como los grupos ecologistas locales pronto pusieron el grito al cielo alegando toda suerte de argumentos para denunciar lo que claramente parecía una reintroducción clandestina. El problema, en realidad, no residía tanto en el hecho de que aparecieran castores en nuestros ríos, sino más bien en la forma en que lo hicieron, fruto de una iniciativa totalmente ajena a las autoridades españolas y a los grupos ecologistas de nuestro país, que parecen haberse olvidado que lo más importante en la defensa de la naturaleza son los intereses de la propia naturaleza y no tanto los intereses propios.

La presencia de los castores fue detectada a principios del año 2005 por un equipo de la universidad de la Rioja y, tal como se estableció desde el principio en la pequeña nota que se publicó en la revista Galemys, los castores introducidos pertenecen a la especie europea, presente en la Penínula Ibérica probablemente hasta el siglo XVII. Estando clara la identidad de estos castores, resulta bastante sorprendente la información que se pudo leer en algunos medios, donde incluso se llegó a afirmar que podía tratarse de híbridos (es genéticamente imposible el cruce con el castor americano). Sorprende, en todo caso, su consideración como especie invasora. La lectura del artículo publicado por el Heraldo de Aragón no tiene desperdicio. El último argumento esgrimido en contra de los castores en este artíulo se ha repetido hasta la saciedad para justificar su eliminación: el problema es sobre todo que puede alterar el hábitat de otras especies como el visón europeo. Sabiendo que el visón es un animal que vive en medios acuáticos, resulta bastante contradictorio acusar al castor, gran valedor de los ecosistemas húmedos, de perjudicar al visón. ¿ Acaso la artificialización de los cursos de agua no tiene nada que ver en el declive de las poblaciones de visón europeo en la Penínula ?

La mala prensa de la que goza el castor, incluso en medios ecologistas (véase la reacción de Ecologistas en Acción) es difícilmente comprensible. Los beneficios de la reaparición del castor en numerosas cuencas hídricas han quedado sobradamente demostrados y en un país como España, donde el agua no sobra, la regulación del caudal de los arroyos y de los pequeños ríos que el castor logra con sus presas debería ser considerada como algo eminentemente positivo. La animadversión hacia el castor tiene en este país dos principales orígenes: el primero es la total falta de sensibilidad de los españoles hacia el medio ambiente. En cuanto hay cuatro pesetillas en juego, puede más el dinero que cualquier consideración medioambiental. Así están nuestras costas y muchos lugares de este país: salvajemente urbanizados sin que se tuvieran para nada en cuenta las voces que se alzaron en contra de tales proyectos. La otra es genética: a los españoles no nos gusta que nadie nos dé lecciones, por mucho que las necesitemos. La reintroducción del castor en España por grupos ecologistas extranjeros ha sido muy mal acogida por los ecologistas autóctonos, que en este caso han pecado defendiendo sus propios intereses antes que los de esos apasionantes roedores, que se han lanzado a la reconquista de nuestros ríos pese a la oposición de todos. Ojalá su determinación en sobrevivir sea mayor que la de los ingenieros que andan erradicándoles de nuestros ríos.

Hace unos años España organizó una exposición universal que dedicó al tema del agua. Se hicieron entonces lindas declaraciones acerca de la necesidad de un desarrollo sostenible y en defensa del medio fluvial. Me parece una paradoja que en la misma región en la que se celebró con tantísimo entusiasmo esa expo y defendieron con tanto ahínco su río, al mismo tiempo empezara la erradicación del gran arquitecto del medio fluvial por haberse comido unos cuantos chopos. Que los amantes de los castores no lloren, sin embargo. Siempre les quedará la posibilidad de ver a esos simpáticos animales en otros países, donde los castores se han convertido en todo un atractivo turístico...

martes, 11 de enero de 2011

El cedro, rey olvidado de nuestras montañas




La era cuaternaria ha sido una auténtica catástrofe para la biodiversidad del continente europeo. Su flora se empobreció enormemente a consecuencia de las últimas glaciaciones, que provocaron la desaparición de numerosas especies, muchas de ellas arbóreas, que habían poblado el continente europeo durante millones de años. El cedro del Atlas (Cedrus atlantica) fue una de las últimas en desaparecer.

El cedro del Atlas es un árbol perteneciente a la familia de las Pináceas (familia de los pinos y de los abetos) que llega a alcanzar unos 30-35 m de altura (excepcionalmente, supera los 40 m). Desarrolla un tronco recto cuando crece en formaciones densas, teniendo una forma cónica, piramidal, cuando es joven. Adquiere el porte tabular típico de los cedros, con gruesas ramas laterales, cuando envejece. Las hojas, aciculares, se disponen en fascículos más o menos densos dispuestos sobre pequeñas ramas laterales llamadas braquiblastos. En el caso del cedro del atlas, cada braquiblasto lleva entre 20 y 30 hojas, cuya longitud es inferior a 3 cm. El color de las hojas es muy variable en las poblaciones naturales, existiendo indivíduos con hojas de un verde oscuro y otros con hojas glaucas, azuladas. Aunque se suele considerar al cedro del Atlas una especie, debido al aislamiento geográfico de sus poblaciones, está claramente emparentada con los demás cedros de la cuenca mediterránea, con los que se hibrida con suma facilidad (generando una descendencia fértil). Estos híbridos son frecuentes en los parques y resulta a veces algo difícil identificar con toda certeza algunos cedros cultivados.

Hoy en día, los cedros son árboles comúnmente cultivados en parques y jardines, al ser relativamente poco exigentes y particularmente elegantes. A pesar de ser un árbol bien adaptado al clima mediterráneo, el cedro del Atlas ha sido, en cambio, muy poco utilizado en España como árbol forestal (tan solo experimentalmente y a muy pequeña escala en algunas sierras andaluzas). Cabe preguntarse porqué no se utilizó más extensamente, ya que además de estar particularmente bien adaptado a nuestro clima, también presenta una resistencia al fuego mucho mayor que otras especies. De hecho, en el macizo del Lubéron (S de Francia), se está plantando como cortafuegos para evitar la propagación de los incendios en... ¡ los encinares ! El hecho de ser una especie hoy en día catalogada como "exótica" tal vez sea la explicación de que su uso no prosperase. Tal vez tampoco estuviera muy claro en otros tiempos que la madera del cedro fuera comercialmente tan rentable como la de los pinos (y eso que Salomón construyó su templo con madera de cedro).





Bosque de cedros en el macizo del Petit Lubéron (Francia), donde cubre unas 207 ha. tan solo en el territorio de la pequeña localidad de Lacoste. La plantación de cedros en ese macizo que estaba totalmente "pelado" en el siglo XIX ha sido un éxito rotundo, convirtiéndose su bosque de cedros en uno de los grandes atractivos de esa región. Fotografía: Oficina de Turismo de Lacoste



Tal como lo demuestran los estudios de paleobotáinca, el cedro no es, sin embargo, una especie tan exótica como pudiera parecer. A finales del Terciario, el cedro estaba muy extendido por todo el S de Europa, siendo un elemento importante de la vegetación en la media montaña, junto a otros taxones hoy también extintos (Tsuga). A mayor altitud, los abetos mediterrános y las píceas (tipo omorica) dominaban el paisaje. El cedro es una de las muchas especies que desaparecieron del continente europeo a consecuencia de las glaciaciones del Cuaternario. No se sabe con toda certeza cuándo exactamente desapareció. Su presencia está bien documentada en toda la cuenca mediterránea durante el Mioceno. Más adelante, existen indicios de que pudo persistir en algunos refugios meridionales durante parte del Cuaternario. Se ha encontrado polen de cedro en sedimentos de ± 1 millón de años en el S de Francia y de Italia y aún más reciente en Sierra Nevada (turbera del Padúl). En este último caso, sin embargo, no está del todo clara la procedencia de los polenes analizados, que bien pudieran haber cruzado el estrecho.

El cedro del Atlas vive actualmente confinado en las sierras del N de África (Marruecos y Argelia), donde tiene un carácter relictual y corre el peligro, en muchas de ellas, de desaparecer debido a la subida de las temperaturas observada en todo el globo en las últimas décadas. Al desplazarse los grandes biomas hacia latitudes más altas y al subir en altitud los pisos de vegetación, cabe pensar que la única alternativa para el cedro a largo plazo sería poder crecer más al norte, en zonas más favorables a su crecimiento. En realidad, al no haber podido regresar el cedro desde sus reductos norteafricanos, son muchos los lugares en los que esa especie ya pudiera prosperar en Europa. De no haber sido por las glaciaciones, esta especie con toda seguridad estaría presente en nuestras sierras. No sería, por lo tanto, tan descabellado pensar en ella como una alternativa a los pinos en los programas de reforestación que se llevan a cabo en este país. Viendo como crecen sin muchos problemas en la Casa de Campo de Madrid entre las Arizónicas (espero que corran mejor suerte que éstas y que no los corten), no me cabe la menor duda de que el potencial de esta especie es enorme.

¿ Porqué no se plantan cedros en nuestras sierras ? ¿ No deberíamos pensar un poco más en el porvenir y empezar a plantar árboles adaptados a los climas actuales y futuros ? ¿ No deberíamos pensar en ofrecer alternativas a aquellas especies que se puedan ver amenazadas por el calentamiento global ? La pregunta no es baladí y probablemente nos la tendremos que plantear para un sinfín de especies. Ninguna repoblación se debería llevar a cabo sin tener en cuenta la evolución previsible de la vegetación y del clima. En el caso del cedro, son muchas las zonas que pudieran "acogerle". De hecho, todas las zonas de mediana y alta montaña de la cuenca mediterránea le convienen perfectamente. Su ausencia a este lado del mediterráneo es, en realidad, un simple accidente. Menos mala suerte tuvo, por ejemplo, el pinsapo, con el que convive en el norte de África y que consiguió sobrevivir en puntos aislados de Andalucía. Una suerte relativa, ya que la misma amenaza se cierne sobre sobre él. ¿ Tenemos un plan B para el pinsapo ? Los naturalistas deberíamos besarle los pies al ingleniero de montes que un día decidió plantar pinsapos en la sierra de Santa Cruz (Orcajo, Zaragoza). Puede que, sin saberlo, salvara esa especie ofreciéndole un nuevo hogar...





Jóvenes pinsapos en el pinsapar de Orcajo (Zaragoza), donde sorprende la abundantísima regeneración natural de esta especie. Parece evidente que el pinsapo pudiera tener un área de extensión muchísimo más amplia de no estar confinado en los pocos macizos andaluces en los que aún sobrevive. Fotografía: Comuneros Calatayud



Durante décadas, los naturalistas de este país han luchado contra el uso de cualquier especie exótica en los programas de reforestación y la idea de plantar cedros en nuestro país seguramente no sería muy bien vista por una gran mayoría de ellos. Esa cultura de lo "autóctono" está profundamente anclada en nuestro subconsciente y es muy poco probable, en estas circunstancias, que veamos nunca el cedro volver a crecer en nuestras sierras. Tal vez seamos demasiado dogmáticos. Otros países, en cambio, sí que se atrevieron a plantar cedros casi desde el momento en que se descubrieron (a mediados del siglo XIX) y el resultado de esas plantaciones es realmente espectacular. En Francia, el éxito fue rotundo, teniendo los cedros en aquél país un crecimiento mayor que en su área de origen. Hoy en día, los cedros franceses, cuyo origen exacto no está del todo claro (parte de ellos procede de Argelia), se consideran una procedencia en sí. Otros países particularmente amenazados por el cambio climático, como Hungría, han llevado a cabo ensayos en distintos puntos de su territorio y en todos ellos el cedro ha demostrado ser una esencia mucho mejor adaptada a la sequía que los pinos negros tradicionalmente utilizados. Parece claro que el cedro tiene un gran porvenir en el continente que le vio nacer...